La familia que creamos: Construyendo conexiones más allá del lazo sanguíneo.

Contenido

La familia que creamos no empieza el día que encuentras pareja, en la boda ni en el parto de tu primer hijo. Empieza el día en que, sin darte cuenta, dejas de colocarte solo como hijo o hija y empiezas a mirar a otra persona a la misma altura. 

Ahí se pone en marcha un nuevo sistema: tu pareja, tus hijos, y también tus hijos no nacidos, tus abortos. Todo eso forma parte de la familia que creamos. La raíz, en cambio, son nuestros antecedentes: la familia de origen, con su historia, sus silencios y sus lealtades.

La familia de origen: la raíz del sistema

La familia de origen es el primer escenario. Padres, madres, abuelos, hermanos, tías, bisabuelos que ni conocimos pero dejaron su marca. Es el lugar donde aprendemos qué se hace con el enfado, qué se hace con la tristeza, quién cuida a quién y qué temas mejor ni tocar.

Desde la mirada sistémica, esta familia es un sistema vivo que sigue influyendo, aunque ya no vivas en esa casa. Los patrones de pareja, la forma en la que te relacionas con tus hijos, incluso decisiones sobre trabajo o dinero, llevan el rastro de ese sistema de origen y de varias generaciones anteriores.

La familia que creamos como nuevo sistema

La familia que creamos se construye cuando dos sistemas de origen se encuentran en una pareja. Ahí nace un nuevo sistema: la relación de pareja, los hijos que llegan, los hijos que no llegan a nacer, las decisiones que se toman juntos. Y este sistema también tiene sus leyes internas.

En terapia sistémica se habla de subsistemas: conyugal, parental, fraterno. La familia que creamos suele incluir al subsistema de pareja y al parental. Es decir, la relación entre los adultos y el vínculo con los hijos. Aunque suene técnico, en el fondo es bastante cotidiano: cómo os habláis, quién decide, quién se encarga de qué, quién se queda siempre sosteniendo a todos.

La familia que creamos, la pareja y el paso a la adultez

La pareja es el corazón de la familia que creamos. No porque sea un cuento romántico, sino porque, a nivel sistémico, marca un antes y un después. Dejas de mirar hacia arriba, hacia tus padres, y empiezas a mirar a un igual.

Cuando esto no ocurre del todo, se nota. Muchas relaciones de pareja se organizan sin querer como padre-hijo o madre-hijo. Una parte cuida, sostiene, organiza, perdona. La otra parte se coloca en un lugar más infantil, esperando que el otro “arregle” lo que duele.

La mirada sistémica tiene aquí un punto muy claro: la pareja funciona mejor cuando los dos están en un lugar adulto. No significa no tener heridas, sino no pedirle al otro que cubra huecos que vienen de mucho antes. La familia que creamos sufre cuando la pareja intenta reparar sola lo que pertenece a la familia de origen.

La familia que creamos, los hijos y los abortos

En este nuevo sistema, los hijos ocupan un lugar muy preciso. Llegan después. Siempre. Da igual que con el tiempo parezcan más resolutivos que sus padres, que opinen más o que se comporten como “el adulto de la casa”. A nivel de orden, siguen siendo los pequeños del sistema.

Cuando un hijo ocupa un lugar que no le corresponde, aparecen síntomas. Hijos que cuidan emocionalmente de un progenitor, que son confidentes de temas de pareja, que toman partido en conflictos de adultos. Lo hacen por amor, pero a largo plazo les pesa.

Y luego están los hijos que no llegaron a nacer: los abortos, tanto espontáneos como provocados. Desde la mirada sistémica y transgeneracional, estos hijos también pertenecen a la familia que creamos. No tuvieron lugar en la vida cotidiana, pero sí en la historia del sistema.

Cuando un aborto se silencia o se borra de la memoria familiar, el sistema registra una exclusión. Eso puede aparecer después como tristeza difusa, dificultades en la pareja, problemas para vincularse con hijos posteriores o una sensación de vacío difícil de explicar. Incluir a estos hijos no es un tema moral ni religioso. Es una cuestión de pertenencia: si existieron, tienen derecho a tener un lugar, aunque sea simbólico.

Mirada sistémica y transgeneracional en la familia que creamos

La mirada sistémica no se queda en “cómo estás tú hoy”. Amplía el foco. Mira cómo se relacionan los miembros de la familia que creamos entre sí y cómo todo esto dialoga con lo que pasó antes en la familia de origen.

Aquí entra la dimensión transgeneracional. Muchos patrones que se repiten en la familia que creamos no nacen contigo ni con tu pareja. Vienen de más atrás: duelos no hechos, secretos, exclusiones, historias de abandono, migraciones, pérdidas de hijos, violencia no nombrada.

El árbol genealógico, leído desde esta clave, deja de ser una lista de nombres para convertirse en un mapa de temas pendientes. Fechas que se repiten, enfermedades similares, quiebras económicas calcadas, elecciones de pareja muy parecidas, personas que “desaparecen” de las conversaciones familiares.

La familia que creamos recoge todo eso. A veces para repetir. A veces para compensar. Y, si se trabaja, también para transformar.

Mirada fenomenológica: cómo se trabaja la familia que creamos

En las constelaciones familiares se usa una actitud fenomenológica. Se coloca una representación de la familia de origen y de la familia que creamos, y se observa qué pasa en el sistema.

No se trata de buscar culpables ni de decidir quién tiene razón. El foco está en el orden. Quién está dentro, quién está fuera, quién carga con algo que no le corresponde, qué lugar ocupan los abortos, qué lugar ocupa la pareja, si los hijos están “mirando” asuntos que no son de su generación.

A partir de ahí, se van probando movimientos: recolocar, nombrar a quien falta, devolver responsabilidades, reconocer dolores antiguos. Es una forma de darle al sistema una oportunidad para reorganizarse de manera más sana. Y esa nueva organización suele sentirse luego en la vida diaria: menos culpa, menos conflicto absurdo, más claridad para decidir.

La familia que creamos como puente entre pasado y futuro

La familia que creamos está en medio: delante, los hijos y las generaciones futuras; detrás, la familia de origen y los antecedentes. Desde aquí podemos seguir repitiendo lo que viene de atrás sin cuestionarlo, o podemos mirarlo, darle un sitio y hacer algo distinto.

Cuando la familia de origen es aceptada como fue, con lo bueno y con lo doloroso, la familia que creamos respira. La pareja deja de ser campo de batalla por asuntos viejos. Los hijos ya no tienen que reparar lo que no les toca. Los abortos encuentran un lugar de reconocimiento que no exige vivir en el drama, pero sí dejar de negar lo ocurrido.

Al final, el trabajo sistémico va de eso: de poner a cada persona en su sitio dentro del sistema. Los que llegaron antes, delante. Los hijos, detrás. La pareja, a la misma altura. Los abortos, incluidos. Y tú, en el lugar que te corresponde en la familia que creas hoy, sin perder de vista de dónde vienes.

Preguntas frecuentes

¿La familia que creamos puede “arreglar” lo que pasó en la familia de origen?

La familia que creamos puede ayudar a transformar, pero no puede borrar la historia. Lo que sí podemos hacer es mirar con más conciencia lo que traemos de origen y dejar de cargar a la pareja y a los hijos con tareas imposibles.

¿Por qué después de un aborto cambia tanto la relación de pareja?


Porque el sistema ha vivido una pérdida muy profunda. Si esa pérdida no tiene un lugar, se cuela en la comunicación, en el deseo, en la manera de estar juntos. Cuando se reconoce y se integra, suele haber más espacio para volver a encontrarse como pareja.

Si ya no hablo con mi familia de origen, ¿sigue influyendo en la familia que creo?

Sí. La distancia física o el silencio no cortan las lealtades internas. Lo que no se trabaja por dentro suele reaparecer en la pareja, en los hijos o en decisiones vitales que parecen “sin sentido”.

¿Se puede trabajar la familia que creamos en sesión individual o hace falta constelar en grupo?

Se puede trabajar de las dos maneras. La sesión individual permite profundizar con más intimidad. El taller grupal de constelaciones ofrece la fuerza del campo colectivo y una visión muy clara de las dinámicas invisibles. Depende del momento en el que estés y de hasta dónde quieras mirar.

¿Tiene sentido hacer este trabajo si “en mi familia no ha pasado nada grave”?

Sí. A veces no hay grandes traumas, pero sí pequeñas lealtades, mandatos sutiles o patrones que se repiten y te limitan. La familia que creamos también merece estar ordenada aunque no haya una gran crisis de fondo.


Si sientes que en tu pareja se repiten siempre los mismos conflictos, que con tus hijos ocupas un lugar que te agota o que hay abortos o pérdidas que siguen pesando en silencio, es un buen momento para trabajar la familia que creas hoy, sin olvidar la raíz de la que vienes.

Acompaño procesos en sesiones individuales y en talleres de constelaciones familiares en Barcelona y en La Seu d’Urgell, con una mirada sistémica, fenomenológica y muy aplicada a la vida real. 

Contacta conmigo.

Y si quieres seguir profundizando en estos temas, puedes seguirme en Instagram, donde comparto ejemplos cotidianos, reflexiones y experiencias sobre la familia que creamos, la familia de origen y todo lo que se mueve entre las dos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este camino depende solo de ti

Te acompaño en tu proceso de claridad y mejora, utilizando todos mis recursos, para que puedas encontrar soluciones a tus conflictos internos y externos y encontrar un lugar de fuerza, siempre desde una mirada sistémica e integradora.

Artículos relacionados